A LA
MUJER QUE NO EXISTE
Permíteme encarnar los meros
recuerdos
y magistralizar tu ser
volátil...
Tus ojos son todo lo que
recuerdo;
tus iris son los más deliciosos
manantiales
en los que alguna vez
me sumergí.
Tus manos, la seda más suave
que alguna vez me acarició
con tu piel de durazno.
Fundidos bajo las sábanas
veía pasar
mil guerras a mi alrededor
y tus abrazos heroínicos
me guardaban, con tal plenitud,
en el útero al que pertenezco,
ese del que jamás
debería haber salido.
Fue doloroso partir y ver
cómo te quedabas,
fue doloroso volver a
buscarte
y enterarme que no existías.
Esteban
Porronett
02 de enero de 2006
(el día sin tiempo)